Cultura erotica

 Me gusta la natural expresividad en el Arte, cuando enfoca al ser humano en su manifiesto MAS natural, como el ser espirituales por sobre la materia, al momento de amar,conjugando la UNIDAD. Còmo hacer Arte partiendo por un razgo que se supone intimo, ùnico?, y ademàs se nos presenta pùblico, se nos muestra sin pudores, baluarte de una cililizaciòn en que demostrarse, era parte de su cultura artistica.

SEXUALIDAD Y EROTISMO AMERINDIOS

Moche y Tlatilco

Niurka D. Fanego Alfonso* • La Habana

 

                                                               Sube conmigo amor americano.
                                                                             A través del confuso esplendor
                                                                 A través de la noche de piedra, déjame
                                                                                                  hundir la mano
                                                                   y deja que en mí palpite como un ave
                                                                                            mil años prisionera,
                                                                               el viejo corazón del olvidado.

                                                                                                    Pablo Neruda

Aún olvidados, ocultos, preteridos o tal vez lastimosamente yuxtapuestos, los ejemplos artísticos derivados del quehacer plástico americano revelan, a través de su estudio, la vastedad formal conseguida, así como los disímiles aspectos vitales a los que prestaran atención. De una u otra manera, todas las culturas expresaron por medio de sus artes diversos aspectos conductuales vinculados a la sexualidad humana. Generalmente concentrados en su explícita relación con la fertilidad de la tierra y la fecundidad, otras nociones de este ámbito se nos revelan, aún cuando se encontraran asociadas a ritos mortuorios, de enterramiento, culto al falo, mitos, tabúes, ceremonias, aún cuando constituyeran códigos éticos documentados para su pervivencia. 


Escena de coito oral. Felación mutua

El estudio del comportamiento sexual de los pueblos amerindios ha sido posible, fundamentalmente, a través de la apreciación de sus creaciones artísticas, si bien en ocasiones, lo referido por los cronistas permite cotejar evidencias o disentir de lo que nos sugieren determinadas imágenes, muchas veces desde la pretendida altura de nuestras concepciones sobre la sexualidad. 

Hacia 1838 se desarticula en España la Sala Reservada que acunara las llamadas poesías. Consistían en desnudos que, tamizados por repertorios mitológicos y bíblicos, se permitían reflejar algunos pintores para saloncitos y gabinetes privados adonde solían retirarse los monarcas después de comer. Ciertos Tiziano, Guido Reni y Annibale Carracci serían considerados indecentes, por lo que no resulta extraño que en el año 1957 aún se conservara bajo llave la colección de cerámica de corte sexual y erótico del Museo Nacional de Antropología y Arqueología de Lima, Perú. El conjunto reunía piezas provenientes de varias culturas, resaltando la Mochica[1] por la cantidad de obras como por la variedad de posturas y acciones sexuales reflejadas. 

De hecho, las piezas seleccionadas[2] para la exposición Erótica. Erotismo y sexualidad en el arte constituyen un parco muestrario de la riqueza con que los moches expresaran su universo sexual, condensado en nueve posturas con algunas variaciones compositivas. No nos referiremos aquí a las representaciones donde aparece el cuerpo humano desnudo sin connotación erótica, ni aquellas donde resulta evidente la copulación de un ser humano con un Dios, sino a ciertas expresiones donde el amor profano está más cerca de ser reflejado aún bajo el perenne halo mitopoético que envuelve a estas culturas prehispánicas. 

Entre los mochicas, las prácticas sexuales —al menos aquellas reflejadas en sus ceramos[3] y en las pinturas figurativas que en ocasiones les decoraban—, hablan de tenues caricias amorosas generalmente vinculadas a la actividad precoital, a la felación y a la masturbación. En posturas enfrentadas es común encontrar a la mujer acariciando el sexo masculino en modo más o menos intenso, mientras el hombre descansa una mano sobre la cabeza de la fémina, el mentón o uno de los senos, que prácticamente no resultan tributarios de besos o frotaciones. La mayor parte de las representaciones en que aparecen las figuras besándose, tal caricia suele ocurrir entre un ser vivo y una carcancha o muerto animado que traslucía su estado cadavérico a través del rictus facial y la representación de los costillares, pero exhibiendo su miembro viril en estado de erección. Esta manera de reflejar solo parcialmente esqueletizados a sus muertos responde a una concepción sexualizada de la vida post mortem. El culto a los difuntos, el mundo de los muertos o ucopacha, se permeaba así de tales actividades vitales que aseguraban su felicidad, incluyendo las eventuales incursiones de los muertos en el mundo de los vivos.

Se expresa un interés por reflejar las prácticas sexuales en ambientes íntimos, generalmente sobre un lecho dotado eventualmente de esteras, mantas y almohadas que cumplen funciones específicas durante el ejercicio amatorio. Cuando la pareja aparece cubierta, el ceramista procura reproducir con realismo y exactitud los órganos sexuales, aun cuando en dicha postura se reiteran las prácticas sodomitas heterosexuales comunes en la representación de la sexualidad moche. De hecho, son conocidas escenas de coito anal que transcurren mientras la mujer tumbada sobre su costado acuna un bebé. La frecuencia en que dicha práctica se observa ha llevado a especialistas a considerar como viable la teoría de control de natalidad. Otras interpretaciones abordan la posibilidad de que constituyera una variante erótica exaltadora de la líbido para ambos, tanto como una opción de placer para la mujer toda vez que su representación está impregnada de cierta entrega y aceptación, actitudes vinculadas más al disfrute y a la complacencia que al rechazo, si bien las expresiones faciales en ninguno de los dos sexos suelen acompañar la intensidad del acto. Mientras resultan evidentes las acciones de penetración vaginal o anal, la felación, la masturbación o las caricias precoitales, incluso la guía de la mujer en la introducción del pene o en la apertura de sus glúteos, los rostros no suelen describir una excitación desbordante transcurriendo el momento reflejado dentro de un éxtasis o de un placer mesurado no atribuible a la incapacidad del ceramista, según corrobora el estudio de imágenes de otra índole. 

No se descarta la existencia de prácticas homosexuales, pero a excepción de un espécimen —de homosexualismo masculino—, ellas no fueron reflejadas en sus creaciones plásticas. Su ausencia iconográfica puede deberse a motivos disímiles, pero tal ejemplo nos obliga a considerar dicha ancestral y universal práctica. Las parejas en acoplamiento o en plena faena de caricias remiten a individuos adultos, generalmente en número de a dos. No existen referencias a pederastias aunque la presencia de un ejemplo, interpretado por algunos como posible paidofilia por masturbación, queda eliminado al contemplar la escena un carácter más bien ritual o quizá hasta terapéutico, en que los individuos se muestran impávidos, casi hieráticos, alejándose de lo puramente erótico. 

Tomando en cuenta las representaciones disponibles entre las diversas culturas amerindias, los mochicas se encuentran entre los pocos que reflejaron el fellatio o coito bucal, generalmente protagonizado por la mujer, quien domina la acción. En relación a la masturbación resulta más frecuentemente la dedicada al hombre, en ocasiones en situación de carcancha, mientras que los exiguos ejemplos conocidos en mujeres remedan más actitudes de preludio por medio de caricias. Resulta interesante la perspectiva de ampliación del placer sexual cuando observamos la existencia de objetos posiblemente vinculados al autoerotismo femenino obtenidos en las excavaciones arqueológicas.

En cuanto a las escasas representaciones de bestialismo, en este caso, zoofilia, la cerámica Moche se inclina hacia una tendencia votiva o mitológica. Un exponente refiere las dimensiones del cuerpo del perro que posee a una mujer casi proporcionales al de la fémina, lo cual ha llevado a pensar en una representación de carácter simbólico, mágico-religioso, alejada de apreciaciones eróticas o sexuales. La mitología, expresada figurativamente desde épocas ancestrales, se nutría de aspectos sexuales imbricados en su devenir teogónico y antropogónico que explicaban las concepciones sobre la fecundidad humana y su traspolación a la fertilidad de la tierra. Todas estas piezas, tanto las más asociadas a determinada función utilitaria en su cualidad de contenedores, como aquellas de un carácter preeminentemente escultórico, constituyen una documentación nutrida de su cotidianeidad y del reflejo de mitos y ritos propios, en ambos casos, modelados a partir de aquellos ideales que les asistían como comunidad humana diferenciada.

NOTA: Curadora de Arte Europeo

Textos cortesía del Museo Nacional de Bellas Artes. 

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